Vivir una convulsión por primera vez —propia o de alguien cercano— es una de las experiencias más sobrecogedoras que existen. El cuerpo se mueve de manera incontrolable, la persona no responde y quien presencia la escena suele quedarse bloqueado, sin saber si lo que hace ayudará o empeorará las cosas.
Desde la Asociación Coruñesa de Epilepsia sabemos que buena parte de ese miedo nace de la falta de información. Por eso hemos preparado esta guía clara y práctica: entender qué son las convulsiones, por qué se producen, cómo se manifiestan los distintos tipos y, sobre todo, cómo actuar con seguridad si presencias una.
Índice de Contenidos
- ¿Qué son las convulsiones y por qué se producen?
- Tipos de crisis y cómo reconocerlas
- Cómo actuar ante una crisis: guía práctica
- Los tipos de crisis que conviene conocer
- Causas, diagnóstico y primeros auxilios
- Preguntas Frecuentes
- Una tormenta eléctrica dentro del cerebro
- Convulsión y epilepsia: no siempre van de la mano
- Causas y factores desencadenantes habituales
- Crisis focales: cuando solo se ve implicada una parte del cerebro
- Crisis generalizadas: cuando se implican los dos lados del cerebro
- El aura: el aviso que a veces llega antes
- Durante la crisis: qué hacer y qué evitar
- Cuándo llamar al 112 sin dudarlo
- El después: cómo es la recuperación
- Crisis de ausencia y crisis tónico-clónicas
- Crisis focales: con conciencia conservada o alterada
- Crisis febriles en los más pequeños
- ¿Por qué aparecen las crisis?
- Las pruebas que ayudan a la valoración
- Cómo actuar ante una crisis
¿Qué son las convulsiones y por qué se producen?
Una tormenta eléctrica dentro del cerebro
El cerebro funciona, en esencia, como una red eléctrica: millones de neuronas se comunican mediante señales ordenadas, cada una cumpliendo su función en el momento adecuado. De ese equilibrio depende casi todo: moverse, pensar, sentir, mantenerse alerta.
En una crisis ese orden se rompe: un grupo de neuronas se descarga de golpe, de forma brusca y excesivamente sincronizada. Es como un cortocircuito en la red eléctrica de una ciudad: la avería en un punto puede dejar de pronto todo un barrio a oscuras. Según la zona afectada y la extensión de esa descarga, el resultado serán sacudidas musculares, pérdida de conciencia, sensaciones extrañas o cambios bruscos de comportamiento.
Conviene retener una idea esencial: las convulsiones son un síntoma —la señal de que la actividad eléctrica del cerebro se ha alterado de forma temporal— y no una enfermedad en sí mismas. Detrás puede haber epilepsia u otras causas pasajeras, y por eso siempre merecen ser valoradas por profesionales.
Convulsión y epilepsia: no siempre van de la mano
Se confunden con frecuencia, pero no son sinónimos. Una crisis convulsiva es un episodio puntual; la epilepsia, en cambio, es una condición neurológica caracterizada por la repetición de crisis sin una causa evidente que las justifique en cada momento. Dicho de otro modo: quien tiene epilepsia presenta crisis de manera recurrente, pero no toda persona que sufre una crisis tiene epilepsia.
De hecho, hay muchas situaciones capaces de provocar un episodio aislado: fiebre alta en niños pequeños (las llamadas convulsiones febriles), niveles de azúcar en sangre muy bajos, un golpe fuerte en la cabeza, una infección del sistema nervioso, la abstinencia de alcohol en personas con un consumo elevado o el efecto de determinados fármacos. Cuando la causa desaparece, estos episodios suelen no repetirse.
Establecer si existe epilepsia corresponde al neurólogo o a la neuróloga, apoyándose normalmente en la descripción detallada de los episodios, en un electroencefalograma (EEG, una prueba que registra la actividad eléctrica cerebral) y, en muchos casos, en pruebas de imagen del cerebro. Tras una primera crisis, la recomendación es siempre la misma: acudir a valoración médica sin sacar conclusiones por adelantado.
Causas y factores desencadenantes habituales
Las causas posibles son variadas. Algunas personas tienen una predisposición genética que favorece las descargas descontroladas; otras desarrollan crisis tras una lesión craneal, un ictus, un tumor cerebral, una infección o una alteración metabólica. En muchos casos, sin embargo, no se llega a identificar una causa concreta, y eso no resta seriedad al diagnóstico ni importancia al tratamiento.
Cuando alguien ya tiene epilepsia diagnosticada, existen factores que facilitan la aparición de crisis. Los más habituales:
- Dormir mal o dormir poco, uno de los desencadenantes más frecuentes.
- Olvidar tomas de medicación o interrumpirla por cuenta propia.
- Estrés intenso o mantenido en el tiempo.
- Consumo de alcohol y, en determinados casos, de otras sustancias.
- Luces intermitentes o parpadeantes en personas con fotosensibilidad (solo una parte de las personas con epilepsia la presenta).
- Fiebre, deshidratación u otras enfermedades pasajeras.
Cada persona tiene su propio mapa de desencadenantes. Anotar en un diario qué ocurrió antes de cada crisis —noches mal dormidas, olvidos de medicación, situaciones de tensión— ayuda enormemente al equipo médico a ajustar el tratamiento y a identificar patrones que de otro modo pasarían desapercibidos.
Tipos de crisis y cómo reconocerlas
Crisis focales: cuando solo se ve implicada una parte del cerebro
Las crisis focales comienzan en una zona concreta del cerebro y sus síntomas dependen de la función que controla esa área. Pueden manifestarse como movimientos repetitivos de una mano o un pie, hormigueo en una parte del cuerpo, sensaciones extrañas en el estómago, un miedo repentino sin motivo aparente o la percepción alterada de olores y sabores.
En algunas crisis focales la conciencia permanece intacta: la persona está despierta, percibe lo que ocurre y puede responder, aunque sienta algo raro en su interior. En otras, la conciencia se altera: queda absorta, repite gestos automáticos como juguetear con la ropa o frotarse las manos, no responde a lo que se le dice y después no recuerda nada. Desde fuera puede parecer despistada o en las nubes, y por eso este tipo de crisis a menudo pasa desapercibida o se confunde con la distracción.
Crisis generalizadas: cuando se implican los dos lados del cerebro
En las crisis generalizadas, la descarga afecta desde el inicio a ambos hemisferios. Dentro de este grupo hay varios tipos con manifestaciones muy distintas:
- Crisis de ausencia: pausas breves, de pocos segundos, en las que la persona se queda con la mirada perdida, deja de responder y después continúa lo que hacía como si nada. Son más frecuentes en la infancia y suelen confundirse con la falta de atención en clase.
- Crisis tónico-clónicas: las más conocidas. Primero llega la fase tónica, con rigidez generalizada y pérdida de conciencia (la persona cae al suelo y puede emitir un sonido extraño al respirar); después, la fase clónica, con sacudidas rítmicas de brazos y piernas. Suelen ser breves, aunque quien las presencia sienta que el tiempo se detiene, y dejan cansancio y confusión.
- Crisis mioclónicas: sacudidas bruscas y muy breves de brazos, piernas o cabeza, casi como un calambre eléctrico; a veces aparecen al despertar.
- Crisis atónicas: pérdida súbita del tono muscular que provoca caídas. Duran un instante, pero aumentan el riesgo de golpes, por lo que el equipo médico puede recomendar medidas de protección específicas.
El aura: el aviso que a veces llega antes
Muchas personas experimentan justo antes de una crisis una sensación peculiar conocida como aura: un sabor raro, un olor que no existe, un subidón de miedo, un deja vú intenso o unas mariposas en el estómago que suben como en un ascensor. Técnicamente, esa aura es en sí misma una pequeña crisis focal en la que se conserva la conciencia.
Funciona como el pitido de un detector de humo: no es el incendio, pero avisa de que algo está empezando. Y ese aviso vale oro. Quien reconoce su aura puede ponerse a salvo a tiempo: apartarse de la calzada, sentarse en el suelo, alejarse del agua o de las alturas, avisar a alguien. Identificar y nombrar esas sensaciones con el neurólogo es, por eso, una herramienta de seguridad muy valiosa.
Cómo actuar ante una crisis: guía práctica
Durante la crisis: qué hacer y qué evitar
Si presencias una crisis tónico-clónica —la que produce caída y sacudidas—, tu papel es el de protector, no el de héroe. El mayor peligro no suelen ser las sacudidas en sí, sino el entorno: los objetos contra los que puede golpearse, la superficie donde cae, el vómito. Con calma y con unas pautas sencillas es suficiente.
Lo primero: mira la hora y cronometra la crisis con el móvil. Parece un detalle menor, pero es la información más importante para el equipo médico y la que determina si hay que pedir ayuda urgente. Después, aparta los objetos peligrosos, coloca algo suave bajo la cabeza (una chaqueta doblada sirve) y afloja cualquier prenda ajustada alrededor del cuello.
Hay conductas que, nacidas de la mejor intención, pueden causar daño. La más extendida: meter algo en la boca para evitar que la persona se trague la lengua. Es anatómicamente imposible tragar la lengua; lo que sí puede ocurrir es romper dientes, provocar heridas o dificultar la respiración. Tampoco conviene sujetar a la persona para frenar las sacudidas: no detiene la crisis y favorece las lesiones musculares.
| Sí: hazlo | No: evítalo |
|---|---|
| Mantén la calma y cronometra la crisis | Introducir nada en la boca de la persona |
| Aparta muebles u objetos con los que pueda golpearse | Sujetarla o inmovilizarla para frenar las sacudidas |
| Protege su cabeza con algo suave | Moverla, salvo que esté en un lugar peligroso |
| Gírala a la posición lateral de seguridad al cesar las sacudidas | Dar agua, comida o medicación hasta que esté plenamente despierta |
| Quédate a su lado hasta que recupere la conciencia | Rodearla de curiosos o invadir su intimidad |
Cuando las sacudidas terminan, gírala suavemente hacia un lado, en la llamada posición lateral de seguridad: facilita la respiración y evita complicaciones si vomita. Quédate a su lado, háblale con calma y no la dejes sola hasta que esté despierta y orientada.
Cuándo llamar al 112 sin dudarlo
La mayoría de las crisis se resuelven solas en poco tiempo y no requieren ambulancia. Aun así, hay situaciones en las que pedir ayuda (el 112 funciona en toda España) es imprescindible. Llama de inmediato si ocurre cualquiera de estas circunstancias:
- La crisis supera los cinco minutos o ves que no va a cesar.
- Se repiten varias crisis seguidas sin que la persona recupere la conciencia entre ellas.
- Es la primera crisis de esa persona y no tiene diagnóstico conocido.
- La persona presenta dificultad respiratoria persistente, está embarazada, tiene diabetes o se ha lesionado.
- La crisis ocurre en el agua: mar, piscina o bañera.
- Cuando cesan las sacudidas, la persona no despierta ni recupera la conciencia.
Las crisis muy prolongadas o las que se encadenan una tras otra reciben el nombre de estado epiléptico. Es una emergencia médica que exige atención hospitalaria inmediata, porque una actividad convulsiva tan prolongada puede causar daño. Conocer este término no es alarmismo: es exactamente lo que justifica tomarse en serio el límite de los cinco minutos.
El después: cómo es la recuperación
Cuando las sacudidas cesan, no todo está dicho. La persona entra en la llamada fase postictal, el periodo de recuperación, en el que son habituales la confusión, el sueño intenso, el dolor de cabeza, la debilidad muscular o las lagunas de memoria sobre lo ocurrido. Puede durar desde minutos hasta algunas horas.
Es comparable al reinicio de un ordenador tras un apagón: la pantalla vuelve poco a poco, primero enciende lo básico y tarda un rato en recuperar todos los programas. El cerebro hace algo parecido. Déjala descansar, háblale con frases cortas y tranquilas, y no le ofrezcas comida ni bebida hasta que esté plenamente consciente.
Anota después todo lo observado: cómo empezó, cuánto duró, qué movimientos hubo, si existió aviso previo y cómo quedó la persona. Ese pequeño testimonio dice al neurólogo más que cualquier descripción vaga posterior. Y si has sido tú quien ha sufrido la crisis, recuerda que tras un episodio existen normativas específicas para actividades como conducir: consúltalo con tu equipo médico antes de retomarlas.
Una gran parte de las personas con epilepsia consigue mantener sus crisis bajo control con el tratamiento adecuado y lleva una vida plena: estudia, trabaja, forma una familia y disfruta de su tiempo libre. El camino no siempre es lineal —a veces requiere ajustes, paciencia y acompañamiento—, pero el diagnóstico no es un muro: es una condición que se aprende a gestionar.
Si tu hijo, tu pareja, tu madre o tú mismo habéis vivido una convulsión, no estáis solos. Desde la Asociación Coruñesa de Epilepsia acompañamos cada día a familias que recorren ese mismo camino. Informarse bien, saber actuar y apoyarse en los demás convierte el miedo en herramientas, y cada persona que entiende su condición hace que el entorno sea más seguro para todas.
Vivir o presenciar una crisis por primera vez resulta, para casi todo el mundo, una experiencia desconcertante. El cuerpo se mueve de forma incontrolada, el entorno no siempre sabe qué hacer y aparecen un montón de preguntas: ¿qué está ocurriendo?, ¿es grave?, ¿a quién acudimos? Desde la Asociación Coruñesa de Epilepsia queremos que dispongáis de información clara y fiable, explicada con palabras sencillas, para que ni el susto ni la duda os pille desprevenidos.
Las convulsiones son, en realidad, un síntoma: la manifestación visible de un problema en el funcionamiento del cerebro. Detrás hay una descarga eléctrica súbita y anormal en las células nerviosas, lo que los médicos llaman una crisis epiléptica. Comprender qué sucede, por qué sucede y cómo conviene actuar ayuda a perder el miedo y a acompañar mejor a quien las sufre, sea uno mismo, un hijo, un padre o una amiga.
A lo largo de estas líneas veremos qué son exactamente estos episodios, qué tipos existen, por qué se producen y, muy especialmente, qué hacer ante una crisis. Porque los primeros segundos importan, y saber reaccionar con serenidad cambia por completo la experiencia de quienes sufren y de quienes ayudan.
Los tipos de crisis que conviene conocer
Cada tipo de crisis tiene su propia forma de presentarse, y conocerlos permite identificarlos mejor. A continuación repasamos los más habituales en las consultas de familias. Recordad que esta información no sustituye la valoración profesional: sirve para orientaros y para formular mejores preguntas al equipo médico.
Crisis de ausencia y crisis tónico-clónicas
La crisis de ausencia, conocida antiguamente como crisis de petit mal, consiste en una interrupción breve de la actividad de la persona: se queda «ausente», con la mirada fija, y deja de responder durante segundos. En clase, por ejemplo, puede parecer que el niño o la niña está despistado. Justamente por esa apariencia inofensiva, este tipo de crisis a veces tarda en detectarse y en llevarse al especialista.
En el otro extremo está la crisis tónico-clónica, antes llamada gran mal, que es la que la mayoría de la gente tiene en la cabeza al pensar en convulsiones: la persona pierde la conciencia, el cuerpo se tensa y después sacude de forma rítmica e incontrolable. Verla impresiona, lo entendemos, pero también aquí la información serena ayuda: mantener la calma y aplicar unas pautas sencillas, que veremos más adelante, es lo mejor que se puede hacer.
Crisis focales: con conciencia conservada o alterada
Dentro de las crisis focales, los especialistas distinguen dos modalidades según la persona conserve o no la conciencia durante el episodio. En las crisis focales con conciencia conservada, quien las sufre es plenamente consciente de lo que ocurre a su alrededor: puede notar sensaciones o movimientos que no controla, pero sigue conectado con su entorno y recuerda después lo que ha pasado.
En las crisis focales con conciencia alterada, en cambio, la persona se desconecta parcialmente del entorno durante el episodio: puede responder de forma extraña, repetir gestos o movimientos, y no recordar después lo ocurrido. El aspecto concreto de la crisis depende en gran medida de la zona del cerebro donde se origina.
Por esa razón, los profesionales describen cuadros específicos como las crisis del lóbulo frontal o las crisis del lóbulo temporal, cuyas manifestaciones difieren entre sí. Esa relación entre la zona afectada y los síntomas es lo que hace tan valiosa la descripción detallada que pueden aportar la propia persona o sus familiares: cada dato cuenta para el especialista.
Crisis febriles en los más pequeños
La fiebre alta figura entre las causas posibles de las crisis, y en la infancia existe un tipo concreto asociado a ella: las crisis febriles. Si vuestro hijo o vuestra hija ha tenido una crisis vinculada a la fiebre, lo primero es intentar mantener la calma y acudir al equipo sanitario. Serán quienes valoren el caso, descarten otras causas y orienten sobre los pasos a seguir.
Para las familias, estos episodios resultan especialmente angustiosos, y es normal que así sea. Contar con información fiable y con el acompañamiento del equipo pediátrico ayuda a atravesar el susto inicial y a saber cómo actuar si la situación se repite. No os quedéis con dudas: llevadlas por escrito a la próxima consulta y preguntad todo lo que necesitéis.
Causas, diagnóstico y primeros auxilios
¿Por qué aparecen las crisis?
Las causas posibles son muchas y muy variadas. Entre las más habituales se encuentran ciertos medicamentos, las fiebres altas, los traumatismos craneales (golpes en la cabeza) y algunas enfermedades concretas. Es decir, tener una crisis no significa, por sí solo, tener epilepsia: el episodio puede responder a una situación puntual y no volver a presentarse.
¿Cuándo hablamos entonces de epilepsia? Cuando las crisis se repiten y su origen está en un trastorno del cerebro. Esa es la clave que emplean los especialistas: la repetición de los episodios, junto con un problema de base cerebral, distingue la epilepsia de una crisis aislada. El diagnóstico corresponde siempre al equipo médico, en concreto a la especialidad de neurología, tras la valoración oportuna.
En algunos casos, la predisposición a sufrir crisis tiene un componente genético. La investigación ha identificado diversas formas de epilepsia ligadas a alteraciones de los genes, con nombres que quizá hayáis escuchado en consulta: la epilepsia de ausencia de la infancia, la epilepsia mioclónica juvenil, las crisis neonatales familiares benignas, la epilepsia focal familiar con focos variables o la epilepsia con crisis febriles plus, entre otras. Si os plantean realizar algún estudio genético, preguntad con tranquilidad en qué consiste y qué aporta en vuestro caso concreto.
Las pruebas que ayudan a la valoración
Para estudiar lo ocurrido, el equipo médico dispone de pruebas específicas. Una de las más empleadas es el electroencefalograma, conocido por sus siglas, EEG: un registro de la actividad eléctrica del cerebro que permite observar cómo funcionan las células nerviosas y buscar señales de actividad anormal.
Otra prueba que puede solicitarse es la tomografía computarizada craneal, el llamado TAC o escáner de cabeza, una prueba de imagen que permite al especialista observar la estructura del cerebro. No todas las personas necesitan las mismas pruebas, ni todas las pruebas dicen lo mismo: será el neurólogo o la neuróloga quien decida cuáles son adecuadas en cada situación e interprete los resultados dentro del conjunto de la historia clínica.
Nuestro consejo como asociación: apuntad todas las dudas antes de las citas y no temáis preguntar en qué consiste cada prueba, para qué sirve y cuándo tendréis los resultados. Ir bien informados a consulta reduce la ansiedad y mejora la comunicación con el equipo sanitario.
Cómo actuar ante una crisis
Saber reaccionar es la mejor herramienta de la que disponemos. Y la primera noticia es tranquilizadora: la mayoría de las crisis duran entre 30 segundos y 2 minutos, y no causan daños duraderos. Conviene, aun así, tener muy claras unas pautas básicas de primeros auxilios.
- Mantened la calma y controlad el tiempo. Mirad el reloj desde el primer momento: la duración es el dato más valioso que después necesitará el equipo sanitario.
- Asegurad el entorno. Apartad los objetos con los que la persona pueda golpearse y alejadla de peligros cercanos.
- Proteged la cabeza colocando debajo algo blando, como una chaqueta doblada.
- No sujetéis a la persona ni frenéis sus movimientos. Forzarla no detiene la crisis y puede provocar lesiones.
- No metáis nada en su boca. Ni agua, ni comida, ni medicación: durante el episodio la persona no puede tragar de forma controlada.
- Cuando terminen las sacudidas, colocadla de lado, en posición lateral de seguridad, para facilitar la respiración.
- Permaneced a su lado hasta que se recupere por completo. Es habitual que esté confusa o somnolienta durante un rato.
Hay situaciones que exigen llamar de inmediato al 112. Es una urgencia médica si la crisis dura más de 5 minutos, o si la persona sufre varias crisis seguidas sin llegar a despertar entre una y otra; esta situación es la que en el ámbito sanitario se conoce como estado epiléptico. Ante la duda, llamad igualmente: los servicios de emergencias valorarán el caso y os indicarán qué hacer mientras llega la ayuda.
Si la crisis ha sido la primera, o si la persona ha pasado por urgencias, es fundamental seguir las instrucciones que se dan al alta: a qué señales prestar atención, cuándo volver y qué seguimiento seguir. Y un mensaje que desde la asociación no nos cansamos de repetir: no se debe modificar nunca la medicación por cuenta propia. Ni suspenderla, ni cambiar las dosis, ni empezar nada nuevo. Aunque la persona se encuentre bien o lleve tiempo sin crisis, cualquier ajuste del tratamiento debe decidirlo siempre el neurólogo o la neuróloga que lleva el caso. Las dudas se plantean en consulta, nunca se resuelven con experimentos.
La ciencia no se detiene: existen ensayos clínicos en marcha sobre las crisis y la epilepsia, y las opciones terapéuticas van ampliándose con el tiempo. Técnicas como la estimulación del nervio vago forman parte de los recursos que la medicina puede valorar en determinados casos; si queréis saber si alguna de estas alternativas podría aplicarse en vuestra situación, planteádselo abiertamente a vuestro equipo especializado. Preguntar por las novedades es un derecho de toda persona con epilepsia y de sus familias.
Vivir con crisis epilépticas, propias o de un ser querido, plantea retos que van mucho más allá de lo médico: miedos, trámites, explicaciones en el colegio o en el trabajo. No tenéis que resolverlo solos. En la Asociación Coruñesa de Epilepsia estamos para acompañaros, informaros y ofreceros un espacio donde compartir experiencias con otras familias que entienden perfectamente por lo que estáis pasando. Contad con nosotros.
Preguntas Frecuentes
¿Tener una única convulsión significa que tengo epilepsia? No necesariamente. Una crisis aislada puede deberse a causas puntuales y no siempre implica un diagnóstico de epilepsia, que suele requerir una evaluación médica completa. Si has tenido una convulsión, lo más importante es acudir a tu equipo médico para recibir un diagnóstico adecuado.
¿Debo meter algo en la boca de la persona mientras convulsiona? No, nunca. Es un mito muy extendido y, además de no servir de nada, puede provocar heridas, roturas de dientes o atragantamiento. Tampoco sujetes a la persona: basta con apartar los objetos peligrosos y protegerle la cabeza.
¿Cuándo hay que llamar a los servicios de emergencia durante una crisis? Llama a emergencias si la crisis se prolonga más de cinco minutos, si se repite otra inmediatamente después o si la persona no recupera la conciencia. También conviene hacerlo si es su primera convulsión, si resulta herida, si está embarazada o si presenta dificultad para respirar.
¿Cómo puedo reconocer una crisis de ausencia? Las crisis de ausencia suelen pasar desapercibidas porque no provocan caídas ni sacudidas: la persona se queda unos segundos con la mirada fija, interrumpe lo que está haciendo y luego continúa como si nada. Son más frecuentes en la infancia y a veces se confunden con distracciones, por lo que si las observas de forma repetida, coméntalo con tu equipo médico.
¿Qué otras causas pueden provocar una convulsión además de la epilepsia? Una crisis puede aparecer por situaciones concretas como fiebre alta, hipoglucemia, abstinencia de alcohol, traumatismos craneales o ciertos trastornos metabólicos. Por eso, tras una primera convulsión, es fundamental realizar las pruebas que indique tu equipo médico para identificar su origen.
Este artículo tiene fines exclusivamente informativos y de divulgación. No sustituye el consejo, diagnóstico o tratamiento de un profesional sanitario. Ante cualquier duda sobre la epilepsia, los tratamientos o la salud de una persona con crisis epilépticas, consulta siempre con su equipo médico. Si tienes una crisis epiléptica por primera vez, o una crisis que dura más de 5 minutos o se repite, llama al 112.






